domingo, 27 de abril de 2008

Letra de Oro

Si un día mi letra se convirtiera en oro,

la sonrisa familiar en aplauso unánime,
el reconocimiento global me hiciera reverencias
y los ojos del mundo asintieran leyéndome,

ese día mi mano emergerá desde el infierno,

besará los diamantes de tus pupilas
y rezará como un beato prófugo
al dios en el que nunca creyó,

para que la mirada diáfana de otros poetas
haga eternos estos versos

en la dolorosa selva de frondosa maleza
donde tantos otros se perdieron fruto del olvido.

sábado, 26 de abril de 2008

El cadáver

Al detener el coche frente a la puerta metálica de entrada al terreno, no tuvo la sensación de hacer lo incorrecto en ningún momento. Con total naturalidad se bajó, abrió la verja, regresó al vehículo y lo introdujo en la finca. Se bajó de nuevo y cerró la puerta por dentro. En la oscuridad de aquella noche sin estrellas era difícil que nadie pudiera ver sus movimientos desde el exterior, pero toda precaución es poca en una situación como aquella donde llevaba el cadáver de su esposa tirado en el asiento trasero.

Abrió la puerta de atrás del coche y el pie izquierdo de Marina, su mujer, cayó como un peso muerto para darle un susto atroz. Las pulsaciones se le aceleraron. Ahora sí que empezaba a notar la tensión de la escena. De golpe se había metido en el papel de enterrador furtivo de fiambres. No por elección propia. Él no era un maltratador ni un exponente más de la creciente violencia de género. El cuerpo sin vida de su mujer había llegado hasta la parte de atrás de su todoterreno negro por accidente. Y él estaba convencido de ello.

La sacó como pudo, agarrándola de los pies y estirando, hasta que la ley de la gravedad impuso su lógica y la escasa fuerza del sepulturero novato no fue suficiente para hacerse con el cadáver. Se desplomó sobre el suelo de la entrada a la finca. El sonido se oyó hueco en la soledad de la noche silenciosa de aquella urbanización de clase media. El corazón se le aceleró aún más.

Pensó en cómo había llegado a ese punto. Estaba escondiendo el cuerpo sin vida de su mujer. Tenía el corazón a mil por hora. Estaba nervioso. Pero no se le pasó por la mente en ningún momento detener aquella locura y llamar a la policía. No le hubieran creído. Un marido contando una historia extraña con final en forma de esposa muerta siempre es difícil de creer para ellos. Y no estaba dispuesto a discutir con nadie ni a enfrascarse en una demostración de su inocencia. Demasiado complejo defender ese caso. Mejor enterrarla. Al fin y al cabo ya estaba muerta y no iba a volver.

Sus ojos, pequeños, igual que todas las facciones de su rostro, se empequeñecieron aún más al hacer el esfuerzo de arrastrar a la muerta hasta el jardín que daba a la parte de atrás. Era de locos lo que iba a hacer. Rezaba para que no le viera nadie. Entonces su defensa sí que sería imposible de llevar a cabo. Y buscó una pala que tenía en el garaje.

Nunca se había propuesto cavar un hoyo y no tenía ni la menor idea de cuánto se podría tardar. Al poco de ponerse con la pala supo que tardaría más de lo que había imaginado. No era una buena salida. Tardaría una eternidad en excavar algo lo suficientemente profundo para hacer que el cadáver se olvidara allí para siempre y nadie lo encontrara. Porque ese era el plan. Que nadie supiera nunca más qué había pasado con su esposa. Diría que se había fugado de la noche a la mañana.

La pena que sentiría como hombre abandonado camuflaría las sospechas que sobre su persona pudieran recaer. Denunciaría en comisaría la desaparición de su mujer. O más bien el abandono de hogar. Incluso se haría el ofendido. Nada saldría mal. Hasta lo consolarían y le darían la razón. El colectivo de cuerpos y fuerzas de seguridad del estado nunca se distinguió por su feminismo. Una mujer que dejara a un hombre tirado y con una casa que mantener seguro que no sería bien vista si el marido abandonado interponía denuncia.

Sin embargo, el problema seguía presente en lo negro de una noche que se transformaba en más negra segundo a segundo. Igual que sus pensamientos, que se ofuscaban y no veían más allá de la prisión, pese a saber que su condición de hombre abandonado era un plan perfecto para granjearse las simpatías de la policía. Primero debía deshacerse del cuerpo sin vida. O de lo contrarío las acusaciones de asesinato serían mucho más efectivas que su plan. Decidió rechazar la opción de enterrarla. Demasiado esfuerzo y posiblemente la escasa profundidad que lograría nos sería suficiente para conseguir que los gusanos se comieran los restos de su difunta esposa.

Ni siquiera recordaba ya que era inocente y que la despedida del mundo de los vivos de su mujer se debía tan sólo a un accidente. A buenas horas para reaccionar. Ya no había vuelta atrás y si no se libraba del cuerpo antes de que amaneciera, todo lo que había ideado referente al abandono no tendría ningún tipo de lógica. Tenía que decidir con rapidez. Y ponerse manos a la obra.

Recordó que junto a la pala había un hacha para cortar leña. Ahora se arrepentía de no haber hecho caso a Marina cuando le dijo que compraran una sierra mecánica. Sería perfecta para descuartizarla. Excesivo ruido para las horas de la noche que eran, pero completamente útil para reducir a pedacitos los sesenta quilos de esposa que yacían sobre el suelo de la entrada a la finca. Seguía sin ideas.

El hacha suponía más o menos el mismo esfuerzo que intentar enterrarla, pero con el añadido de que además de descuartizarla luego tendría que llevar los trozos a algún sitio para que unos perros salvajes se los comieran o quizá un camión de la basura los triturara. El hacha era peor invento que la pala. Más complicado aún. Pero la noche seguía su lento progresar y cada vez quedaba menos para el amanecer.

El garaje siempre había sido un hervidero de productos extraños que Marina había ido acumulando allí. Se le pasó por la cabeza la posibilidad de que su esposa dejara alguna garrafa de salfumán, quién sabe con qué intención, así que se puso a buscarla como un desesperado. Con unos cuantos litros de ese producto podría hacer desaparecer el cuerpo. Lo rociaría y dejaría que poco a poco se comiera la carne. Hasta que no quedara más que una masa entre líquida y sólida que nunca se sabría lo que era. Entonces le podría ser útil hasta la pala y cavar un pequeño hoyo donde dejar que la química hiciera su trabajo.

Buscó por todo el garaje. Lo puso patas arriba. Y el único bote que encontró fue uno de aguarrás caducado. Poco para reducir a la nada tanta masa corporal. Su decepción empezaba a ser patente. Quizá debería retomar la primera opción. La pala le sonreía en el sudor de la noche dentro del garaje. Los nervios y el frenético movimiento en busca de algo útil para hacer desaparecer el problema le humedecieron las axilas. La espalda estaba empapada. La camisa se le pegaba al cuerpo. Estaba pegajoso, pero ni se fijó en las señales mojadas de su ropa.

La vena del cuello se le hinchaba a cada latido del corazón. La sangre la recorría con furia y se dio cuenta de que estaba a punto de que le diera algo. Entonces reparó en la cantidad de líquido que le recorría el cuerpo y el olor de su ropa. Parecía que acabara de salir de la lavadora pero en lugar de suavizante hubiera echado mierda de perro. Suspiró con resignación. Salió del garaje. Agarró la pala con fuerza. Resopló. Tendría que hacer el esfuerzo que llevaba toda la noche intentando esquivar.

Tras un par de paletadas se detuvo. Ese no era el camino. Soltó con desgana la pala. Se palpó el bolsillo del pantalón y notó el móvil. Introdujo la mano y lo sacó. Sonrió levemente y suspiró de nuevo. Esta vez fue un suspiro de mala leche. No se resignaba. Se cagaba en la pala y en el hoyo que estaba haciendo. Y se cagaba en el cadáver que intentaba esconder. Y en las malas lenguas que imaginó que le acusarían de malos tratos si aparecía en comisaría explicando que se había encontrado a su esposa tirada en el suelo con una brecha en la cabeza que le recorría la frente de punta a punta. Se cagó en el miedo que tuvo al verla sobre el charco de sangre.

Si él no era un maltratador, ¿por qué pensó que le acusarían de malos tratos? Era inocente. Aunque ahora ya no. Ahora era un marido cavando la tumba de su esposa muerta. En la noche furtiva. A escondidas. Como si hubiera hecho algo indebido y tratara de solucionarlo. O por lo menos de esconder el problema. Ahora el problema era imposible de esconder. No podía cavar dos metros bajo tierra. Tampoco podía enterrar a su esposa inocente. Él no era un asesino. Ni un enterrador. Aunque lo que no era ya, a estas alturas, era inocente.

Los primeros rayos de luz de la mañana le saludaron desde el otro lado de la montaña. Continuaba con la ropa empapada, pero menos. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí parado. Con un pie metido en la diminuta tumba que había dejado a medio construir. El sudor de su cuerpo se había esfumado. Ahora estaba pegado a su piel. Pero la camisa continuaba mojada. Y su inocencia seguía en paradero desconocido. Sabía que ya no tenía nada que hacer.

Miró el cuerpo desangrado de su mujer. Estaba lleno de tierra. La sangre de la frente ya se había secado. Parecía una masa enorme de caramelo de fresa. Aunque no tuvo ganas de lamerlo. Tuvo ganas de llorar. Pero se contuvo. Todavía tenía el móvil en la mano. Lo miró y suspiró. De nuevo fue con aire de resignación. Infló sus pulmones y marcó el 091. Entonces sí que rompió a llorar.

lunes, 21 de abril de 2008

El encierro

Las aficiones que se inician desde niño no suelen perdurar cuando se entra en la edad adulta. Normalmente se ven como algo de la infancia y en ese campo se intenta dejar. Que no trascienda lo que se puede interpretar como una niñería una vez que se sobrepasa cierta edad. Pero en algunos casos sí que sobreviven. Y cuando esto ocurre suele ser con un apego extraordinario. Una fidelidad que sobrepasa los límites de la lógica. Y se produce una conexión de tal fuerza que esa afición ya acompañará a la persona adulta hasta el fin de sus días.

Por eso Juan cada año daba más importancia al día 7 de julio. Coincidiendo con el chupinazo y el encierro de San Fermín, iba a las vías del tren y hacía ver que la máquina que pasaba a las 8 de la mañana era un toro, y las vías eran la calle Estafeta. No fallaba a su cita anual. Todos los años desde que tenía 14 corría a las 8 de la mañana delante del tren que pasara.

A medida que se hacía mayor había encontrado la actividad cada vez más descafeinada. Año a año había introducido novedades para dificultar el recorrido. No podía ser una simple carrera, básicamente porque no era lo mismo correr con 14 años y asustado por el aire que generaba la velocidad de la máquina al pasar por su lado, que con 29, después de muchos encierros de experiencia corriendo delante del tren con un periódico en la mano y un pañuelo rojo en el cuello. Nada era lo mismo.

Una vez decidió que esperaría la llegada del morlaco, en este caso el tren, estirado en el suelo y cuando lo tuviera cerca se levantaría y empezaría a correr. Está claro que todo esto lo hizo al lado de la vía y no dentro de ella, porque si hubiera salido mal no lo habría contado. Por suerte para él sus precauciones estuvieron bien tomadas, ya que como bien había sospechado, no le dio tiempo a levantarse para correr y el Euromed le sobrepasó sin apenas darle tiempo a ganar la verticalidad.

Otro año decidió que tenía que cruzar la vía de un lado a otro tantas veces como fuera posible antes de que el toro le superara. Al segundo cruce se tropezó y cayó contra las piedras del suelo. Por suerte la caída se produjo al salir de la vía hacia afuera, porque si hubiera caído dentro de nuevo no lo habría contado. La cosa se empezaba a complicar. Ya no era una simple carrera inofensiva, ahora el peligro era cada vez superior y un fallo podría suponer el adiós al mundo de los vivos. La adrenalina a tope. Como en Pamplona. Claro que él ni era norteamericano ni se había pasado toda la noche bebiendo calimocho. No daba el perfil para entrar en contacto con un asta de toro.

Los últimos años había optado por otra opción. Colocaba una serie de piedras de tamaño mediano sobre la vía y cuando el tren las pisaba, salían disparadas contra él. Así tenía que estar pendiente de la carrera y a la vez de esquivar los objetos volantes identificados que se dirigían hacia su cabeza como si fueran meteoritos cayendo desde el espacio exterior. Así era todo más movido. Pero sin entrañar demasiado peligro. Como mucho algún moratón cuando la piedra impactaba contra su cuerpo.
Este encierro iba a celebrar el decimoquinto aniversario. Era una fecha señalada, por lo que decidió que había que endurecer aún más el recorrido. Además de todas las piedras colocadas en la vía, decidió descalzarse y correr con los pies al aire. Los calcetines prefirió dejarlos porque no era plan de hacerse polvo las plantas. Una cosa era poner dificultades para hacerlo más interesante, y otra estar una semana sin poder caminar por culpa de los heridas que se haría corriendo directamente con la piel sobre las piedras.

Estaba completamente relajado. Aquello se había convertido en un puro trámite que cada año pasaba. La tradición no se podía romper. Y era más que nada por mantener esa tradición que continuaba haciéndolo, porque la ilusión de aquel chaval de 14 años ya era historia. Pero aún así había algo dentro de su corazón que le impedía colgar el pañuelo rojo al llegar San Fermín. Por eso notaba que en su estómago le bailaba un adolescente en lugar de la barriga cervecera de un hombre.

Escuchó el ruido desde lejos. El corazón no se le aceleró. Al contrario, se tranquilizó aún más al pensar que por fin llegaba la hora del encierro. Allí se acercaba el peligroso asta en forma de tren. Las vías empezaron a temblar. Miró las piedras sobre ella y casi sin darle tiempo a reaccionar tuvo que empezar a correr porque la máquina se le había echado encima.

Al pisar la primera piedra con los pies descalzos pensó que no había sido buena decisión. Casi se dobló el tobillo, pero no podía detenerse ya que eran las 8 y si pasaba ese animal y no corría por Estafeta, el siguiente morlaco no pasaría hasta las 8:25, un TALGO, por lo que apretó los dientes y sin bajar la vista para asegurarse que su tobillo estaba en condiciones de correr, salió disparado.

El toro venía con mucha fuerza. Emitió un largo pitido que él identificó como el aviso de que los cuernos le iban a pasar rozando y notó como una piedra que acababa en punta se le clavaba en el dedo gordo del pie derecho. Ahora sí que bajó la cabeza para verse el pie dolorido. El morlaco ya enfilaba la entrada a la plaza. Levantó la cabeza y continuó su cada vez más lenta carrera. La máquina estaba a su altura.

Al tocar las ruedas del tren la primera de las piedras que Juan había colocado sobre la vía, salió como un torpedo y se perdió a lo lejos. Él todavía corría por delante, por lo que ni le pasó cerca. La siguiente piedra quizá ya le pasase menos lejana. No dejaba de apretar los dientes y cerrar los ojos para no despistarse por el dolor de sus pies. Escuchó otra piedra más salir volando. No miró para atrás. Pero tampoco hacia delante. Ni hacia el suelo.

Pisó entre dos pequeñas rocas que habían dejado un hueco entre ellas y su tobillo de nuevo se dobló. El siguiente paso ya fue trastabillado. La carrera empezó a ir a trompicones y perdió la posición erguida de cualquier velocista. De hecho su carrera en esos momentos era cualquier cosa menos veloz. El toro le estaba dando alcance. Pero lo que primero alcanzó fue la siguiente piedra de la vía. Y salió con una fuerza endiablada. Justo a la altura de Juan, que por culpa de la torcedura estaba cayendo al suelo.

En el momento que perdió definitivamente el equilibrio y su cabeza se dirigía inexorablemente al suelo, la piedra de la vía le alcanzó con una fuerza descomunal en la sien. Como si un cuerno se clavara en su testa, la piedra se incrustó en su cráneo. Juan besó el suelo en su último movimiento antes de acabar inmóvil entre las piedras de la vía.