Se tenía que cortar un dedo. El meñique. Lo había apostado. Lo había perdido. Y ahora tenía que pagar su deuda. Un dedo menos. Esteban se arrepentía de haber hecho aquella absurda apuesta justo después de hablar sobre la película Four Rooms. Pensó que en noches de borrachera mejor no volver a comentar ninguna película que contuviera imágenes de mutilaciones. Aunque ahora ya le daba igual.
En un primer momento, cuando su hermano le reclamó el pago de la apuesta, pensó negarse. Un dedo es un dedo, pensó. Si sólo es el pequeño, le replicó su hermano. No sirve para nada. Si fuera el pulgar aún entendería que te supiera mal deshacerte de él. Pero el meñique no tiene ninguna función. Es un dedo inútil.
-Sí, pero es mío –gritó Esteban.
Después de una acalorada discusión en la que casi llegan a las manos aprovechando que todavía podía dar bofetadas de cinco dedos, la pelea se calmó. No porque llegaran a un consenso, sino porque a medida que volvían a emborracharse la discusión sobre el corte o no del meñique dejó de tener importancia. La ingesta de alcohol es inversamente proporcional a la gravedad de los problemas. Y así Esteban se libró en un primer momento de seguir defendiendo su dedo. Logró mantenerlo en la mano.
El problema vino al día siguiente. Por la tarde, cuando ambos se despertaron, con resaca, lo primero que hizo el hermano de Esteban al levantarse fue ir corriendo a la cama del perdedor de la apuesta a ver si todavía conservaba todos los dedos. Comprobó que así era. Los diez dedos sanos y salvos. Y enteritos. Ni siquiera tenía un corte en la primera falange.
Quizá se hubiera conformado con un pequeño tajo a la altura de la primera falange. Quizá no era necesario amputar a la altura del nudillo. Tampoco era un purista de las apuestas. Podría hacer una excepción en el pago. Pese a que hubieran acordado una cosa, aceptaría un ofrecimiento menor del apostado. Pero ni por esas aceptó Esteban. Y su hermano se enfureció.
Si se negaba a pagar, él se negaba a aceptar la negación del pago. Se cobraría ese dedo como fuera. Lo tomó como una falta de respeto y no podía consentirlo. Se empieza por no querer cortarse un dedo y se acaba por mandarle a la nevera a por una cerveza y traerle las zapatillas al sofá. Y no estaba dispuesto a permitir una falta tan flagrante de respeto. Si desaparecía la comunión y el entendimiento entre hermanos, desaparecía todo. Si no se puede confiar en la palabra de un hermano, ¿qué nos queda?, pensó el ganador de la apuesta.
Fue a la cocina con la idea de hacerse con un cuchillo jamonero. Le daba igual si estaba afilado o no. Quizá uno de esos de sierra con los que se corta el pan también le podría ser útil. De hecho cualquier objeto con el que sacarle el dedo de la mano a Esteban hubiera satisfecho el ansia de tener un utensilio con el que maniobrar el elemento apostado. Unos alicates tampoco hubieran sido mala idea. Pero lo que encontró fue el cuchillo jamonero que llevaba en mente.
No pretendió esconderlo. Lo llevaba en alto, no fuera a hacerse daño en un descuido mientras se dirigía a la habitación de Esteban. Entró en ella como un rayo y se lanzó sobre la cama para retenerlo con la mano que no sujetaba el cuchillo. Esteban se revolvió, como era de esperar, y se zafó con cierta facilidad de la presa que su hermano pretendía hacerle. Él sólo le sujetaba con una mano, ya que la que agarraba el cuchillo prefirió no mezclarla todavía en la lucha, y Esteban se intentaba librar con las dos. Como también era lógico, terminó por librarse del intento de retención y acabó convirtiéndose el atacante en atacado. Esteban pasó a dominar la situación.
Tumbó a su hermano en la cama y se subió encima suyo. En ese momento el cuchillo jamonero cayó al suelo. El sonido metálico de la hoja rebotando sobre la baldosa hizo que los dos hermanos detuvieran la pugna.
-¿Venías a cortarme el dedo? –preguntó Esteban.
Su hermano no respondió. El silencio lo hizo por él. Bajó la cabeza, como si estuviera arrepentido, pero tras un fugaz pensamiento que le recorrió la frente que se iba escondiendo entre los hombros, volvió a subirla de golpe.
-¡Sí! –gritó el hermano- claro que sí. Venía a cobrar la apuesta.
En ese instante, atraído por el ruido de la pelea, apareció en la habitación el abuelo de ambos contrincantes. Un hombre corpulento. De casi metro noventa y abundante pelo cano. Sus movimientos eran fluidos, pero su mente no tanto. Prácticamente nadie en la familia le hacía caso. Presentían que su cerebro había dejado de funcionar hacía tiempo, por lo que no se esforzaban en comprender el trance por el que pasaba el anciano al no saber qué hacia la mitad del tiempo.
-Una cosa, chavales –dijo el abuelo asomando la cabeza a la habitación- ¿sabéis por dónde cae la calle Perú?
Por un instante el forcejeo se detuvo, pero cuando los dos hermanos comprendieron que la pregunta de su abuelo carecía de toda lógica y que no era su familiar el que hablaba, sino su amigo el inseparable Alzheimer, la contienda continuó como si nada. Esteban controlaba la situación. Continuaba encima de su hermano pese a que éste se intentaba zafar de la presa que le había hecho sobre los brazos. Una lástima no haberle cortado ya el dedo, pensó el hermano retenido, así no podría cogerme con tanta fuerza.
De todas formas, si ya le hubiera cortado el dedo, siguió pensando, no tendría sentido que pelearan. La disputa habría finalizado ya que se habría cobrado la apuesta y todos serían un poco más felices y estarían bastante más tranquilos. Quizá Esteban estuviera jodido por tener nueve dedos en lugar de diez, pero seguro que se lo acabaría tomando bien, pensó. Que no hubiera apostado si pensaba que no podía desprenderse de su dedo. Una apuesta es una apuesta.
-Entonces ni idea de la calle Perú, ¿no? –volvió a insistir el abuelo.
El resoplido de resignación que emitió Esteban fue muy sonoro. Incluso el viejo presa de la irracionalidad de su enfermedad se percató del desplante de su nieto. Entonces Esteban pareció comprender la fealdad de su acto y trató de acercarse al abuelo, que se marchaba de la habitación. Su hermano aprovechó ese instante de debilidad en el que Esteban trató de dirigirse al anciano y lo soltó, para dar la vuelta a la lucha. Lo tiró al suelo y pasó a dominar la situación.
El estruendo que sonó al caer Esteban de espaldas al piso hizo que el enfermo mental de pelo blanco se girara asustado. No porque pasara algo grave o se hubiera podido dañar alguien, sino por el estado de las baldosas. Dijo algo referente al estado del gres, pero ninguno de sus nietos entendió sus palabras con sonido a Alzheimer.
Ahora era el hermano quién retenía a Esteban contra el suelo agarrándole por las muñecas. Le apretaba con fuerza contra el firme. Lo había inmovilizado. Y no dejaba de mirarle los dedos. Con la cara del que sabe que su objetivo es su finalidad en la vida. Que hoy sólo se ha despertado y ha sacado los pies de la cama para lograr una finalidad. Buscó con la vista el cuchillo jamonero y lo localizó a menos de un metro. Pensó en alargar la mano y hacerse con él, pero supo que si liberaba, aunque fuera ligeramente, a Esteban, se lograría deshacer de su presa, y la situación volvería a sufrir un vuelco. No se podía permitir semejante lujo.
-¡Abuelo! –gritó el hermano de Esteban.
-Tranquilo, que ya no me hace falta lo de la calle, -respondió el abuelo- ya han llamado los del trabajo y me han dicho que no hace falta que vaya.
Definitivamente era como hablarle a una pared o a un sordo. No valía la pena gastar esfuerzos en hacerle entrar en razón. Hacía tiempo que no gastaba de eso el abuelo. La fuerza que debía gastar en hablar con él la prefería concentrar en no dejar que Esteban se soltara. El forcejeo se hacía cada vez más difícil y las manos estaban a punto de ceder ante el empuje del rehén. Aunque cada vez lo era menos. Cada vez estaba más cerca de liberarse y pasar de nuevo a dominar la situación.
Cuando notó que Esteban casi podía oler la libertad de sus manos, y que él ya no era capaz de retenerle contra el suelo, y mucho menos de conseguir hacerse con el cuchillo jamonero y pasar a la acción con el dedo, se empezó a debilitar. En un movimiento de tórax Esteban dio otra vuelta al dominio de la disputa. Tiró hacia atrás a su hermano y se sintió hipermotivado para saltar a por el cuchillo y tomarse la justicia por su mano. Con su mano. Y en la mano de su hermano.
El pensamiento lo oyó muy sonoro, pero se esfumó a la misma velocidad que lo construyó. Se alegró de ello, pero a la vez notó una debilidad tan grande respecto a sí mismo, que se sintió tan vacío y expuesto a cualquier desgracia, que deseó que alguien le proporcionara una importante cantidad de dolor a modo de castigo. O de pena inevitable. De pena mínima para errores mínimos, pero que pasaban factura en el devenir de los días de frescura y futuro determinante para jóvenes. Esteban se sintió vacío y falto de razones. Incluso para conservar cualquiera de los dedos de una mano.
El hermano de Esteban no entendía nada y se retorcía de dolor al otro lado de la habitación. El impacto recibido por el último vuelco en la disputa había provocado un repentino dolor de cabeza. Casi instantáneo. Es lo que tienen los golpes, pensó, y se rascó la cabeza como si fuera un masaje de una tailandesa de trece años en cualquier paraíso de la pederastia. Se sintió contrariado. Inmóvil. Sabía que estaba a merced de Esteban, pero por un segundo creyó ser él quién dominaba la situación. Como si su hermano le cediera el testigo, pese a que supiera que llevaba las peores cartas de la partida.
La ventana a medio abrir encima de su cabeza dolorida entrañaba un potencial peligro si se levantaba de golpe. El impacto sería casi inevitable. Por el dolor posible, y por el que ya tenia, decidió quedarse quieto. Con la espalda pegada al papel pintado de la pared de la habitación de Esteban. Un estampado simétrico de los años setenta que ahora daba el pego como diseño retro, pero que era la simple dejadez de más de treinta años sufriendo el mismo horrendo diseño en las paredes. Pero todo vuelve, escribió alguien una vez, y los setenta siempre serán una época de la que beberá incansablemente la moda.
Una mueca de resignación apareció en el rostro de Esteban. Su hermano la cazó al vuelo y se le olvidó el dolor que ya tenía, y el potencial que se dibujaba en la ventana encima de su cabeza. Se levantó como un rayo para tirarse a por el cuchillo jamonero. Quería cobrar la apuesta fuera como fuera. Su orgullo de hermano pequeño estaba en juego. Pero la potencialidad se transformó en realidad y se golpeó con violencia contra la madera de la ventana a medio abrir. Cayó a plomo sobre el suelo. Esteban no alteró su rictus de amargura.
El grito de su hermano debió atravesarle el tímpano al abuelo, que estaba en su mundo enfermo al otro lado de la pared, pero ni se inmutó. Cuando el dolor en forma de berrido terminó, nada ocurrió. El tiempo, y el daño, parecieron detenerse, y segundos después el anciano dijo algo inteligible para sus nietos. Luego se escucharon unas risas. Esteban varió su rostro desde la angustia hasta la aceptación. Su hermano, con la cabeza dándole vueltas por el ventanazo, abrió un poco más los ojos y buscó con desesperación el cuchillo jamonero.
Hizo ademán de lanzarse como una cobra a por él, pero antes prefirió echar un vistazo a la línea vertical que nacía en el techo y atravesaba su cabeza, no fuera a darse de nuevo otro golpe en la testa. No es que estuviera en edad de estudiar, pero tampoco era cuestión de sufrir sin motivo. Al comprobar que esta vez se encontraba lejos del peligro potencial de más dolor, y de la ventana, se levantó como un cohete y tras lanzarse a por el cuchillo, se puso a un milímetro de Esteban.
Con el arma blanca en una mano, y la otra rebuscando en la anatomía de su hermano para hacerse con el cobro de la apuesta, logró agarrar el dedo meñique de la mano izquierda de Esteban. Era un apéndice muerto. Sin fuerza. Sin resistencia. Abandonado a su suerte y a la de Madame Guillotine en versión siglo XXI y cuchillo jamonero rebana-dedos. ¡Qué poca vida le quedaba a ese meñique!
Abrió los ojos con desmesura y trató de ver en Esteban algún esfuerzo por resistirse y conservar el dedo. Pero Esteban estaba derrotado y sólo le faltaba levantar el meñique como si pidiera un Donut, para poner aún más facilidades a la poda de dedos. Sin embargo a su hermano no le importó lo más mínimo no encontrar resistencia. Una apuesta es una apuesta, llevaba todo el día repitiendo, y ahora que estaba tan cerca de cortar el premio no se iba a echar para atrás. Tomó aire y deslizó la hoja del cuchillo jamonero a la altura de la segunda falange del meñique de la mano izquierda de Esteban. El dedo salió volando y en unos instantes que parecieron ser eternos entre que el dedo descendió planeando hasta el suelo y el grito desgarrador de Esteban, una apuesta había sido pagada por un buen apostador. Un hombre de palabra, pensó el hermano de Esteban, que mientras duraba el grito, se lanzó a abrazar a su hermano para consolar su berrido de dolor. Estaba orgulloso de él. Era un apostador que hacía frente a sus derrotas. Aunque ya no pudiera chocar esos cinco.