martes, 17 de junio de 2008

La Resaca

Abrió la nevera y la botella de leche gritaba solitaria, pero sus oídos sordos por la resaca no alcanzaron a oír la llamada. El dolor en sus sienes era digno de la época adolescente, cuando lo que ahora llaman botellón era algo así como beber por beber. Sin más pretensiones que la borrachera. Idéntico que ahora, pero sin publicidad ni alarmismo social.

Desechó el líquido lácteo. Dudó entre volver a la cama o tirarse inerte sobre el sofá para dejar pasar lo que quedaba de domingo. Quizá miraría desde allí el final de la tarde a través de la ventana. Quizá podría cerrar los ojos de nuevo y volver al mundo de los sueños. Puede que ese fuera el camino para librarse del agobiante dolor de cabeza. Los fármacos eran incapaces de combatirlo a ese nivel.

A pesar de que no estaba para mucha actividad, su mente saltaba de una imagen a otra. Mezclaba lo sucedido anoche con lo que podría suceder dentro de un rato. No tenía claro qué era qué. Tampoco le importaba en exceso. Las punzadas en la sien acaparaban toda su atención. Como si un clavo le traspasara de punta a punta la testa. Nada era más importante que despedirse de ese malestar. Otra cosa era lograrlo.

La duda entre el sofá y la cama tenía un claro ganador. Para haber retomado el sueño interrumpido sobre el colchón debería haber tenido clara la opción, pero ese momento de titubeo dejó la posibilidad de que los cantos de sirena del sofá le hechizaran y lo atrapó como un imán. La proximidad cuando se carece de fuerza física siempre es un factor determinante.

Al tumbarse sobre la tela naranja del comodísimo sofá que le había costado una autentica fortuna, sus párpados duraron abiertos una milésima de segundo. El primer ronquido no tardó más de medio minuto. El mejor remedio contra la resaca. Ya estaba en proceso. Las punzadas cada vez eran más débiles. Pero el timbre de la puerta sonó como una punzada más con la intensidad de los peores momentos. Y recordó que había quedado para comer con su novia.

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