viernes, 27 de junio de 2008

Dedo

Se tenía que cortar un dedo. El meñique. Lo había apostado. Lo había perdido. Y ahora tenía que pagar su deuda. Un dedo menos. Esteban se arrepentía de haber hecho aquella absurda apuesta justo después de hablar sobre la película Four Rooms. Pensó que en noches de borrachera mejor no volver a comentar ninguna película que contuviera imágenes de mutilaciones. Aunque ahora ya le daba igual.

En un primer momento, cuando su hermano le reclamó el pago de la apuesta, pensó negarse. Un dedo es un dedo, pensó. Si sólo es el pequeño, le replicó su hermano. No sirve para nada. Si fuera el pulgar aún entendería que te supiera mal deshacerte de él. Pero el meñique no tiene ninguna función. Es un dedo inútil.

-Sí, pero es mío –gritó Esteban.

Después de una acalorada discusión en la que casi llegan a las manos aprovechando que todavía podía dar bofetadas de cinco dedos, la pelea se calmó. No porque llegaran a un consenso, sino porque a medida que volvían a emborracharse la discusión sobre el corte o no del meñique dejó de tener importancia. La ingesta de alcohol es inversamente proporcional a la gravedad de los problemas. Y así Esteban se libró en un primer momento de seguir defendiendo su dedo. Logró mantenerlo en la mano.

El problema vino al día siguiente. Por la tarde, cuando ambos se despertaron, con resaca, lo primero que hizo el hermano de Esteban al levantarse fue ir corriendo a la cama del perdedor de la apuesta a ver si todavía conservaba todos los dedos. Comprobó que así era. Los diez dedos sanos y salvos. Y enteritos. Ni siquiera tenía un corte en la primera falange.

Quizá se hubiera conformado con un pequeño tajo a la altura de la primera falange. Quizá no era necesario amputar a la altura del nudillo. Tampoco era un purista de las apuestas. Podría hacer una excepción en el pago. Pese a que hubieran acordado una cosa, aceptaría un ofrecimiento menor del apostado. Pero ni por esas aceptó Esteban. Y su hermano se enfureció.

Si se negaba a pagar, él se negaba a aceptar la negación del pago. Se cobraría ese dedo como fuera. Lo tomó como una falta de respeto y no podía consentirlo. Se empieza por no querer cortarse un dedo y se acaba por mandarle a la nevera a por una cerveza y traerle las zapatillas al sofá. Y no estaba dispuesto a permitir una falta tan flagrante de respeto. Si desaparecía la comunión y el entendimiento entre hermanos, desaparecía todo. Si no se puede confiar en la palabra de un hermano, ¿qué nos queda?, pensó el ganador de la apuesta.

Fue a la cocina con la idea de hacerse con un cuchillo jamonero. Le daba igual si estaba afilado o no. Quizá uno de esos de sierra con los que se corta el pan también le podría ser útil. De hecho cualquier objeto con el que sacarle el dedo de la mano a Esteban hubiera satisfecho el ansia de tener un utensilio con el que maniobrar el elemento apostado. Unos alicates tampoco hubieran sido mala idea. Pero lo que encontró fue el cuchillo jamonero que llevaba en mente.

No pretendió esconderlo. Lo llevaba en alto, no fuera a hacerse daño en un descuido mientras se dirigía a la habitación de Esteban. Entró en ella como un rayo y se lanzó sobre la cama para retenerlo con la mano que no sujetaba el cuchillo. Esteban se revolvió, como era de esperar, y se zafó con cierta facilidad de la presa que su hermano pretendía hacerle. Él sólo le sujetaba con una mano, ya que la que agarraba el cuchillo prefirió no mezclarla todavía en la lucha, y Esteban se intentaba librar con las dos. Como también era lógico, terminó por librarse del intento de retención y acabó convirtiéndose el atacante en atacado. Esteban pasó a dominar la situación.

Tumbó a su hermano en la cama y se subió encima suyo. En ese momento el cuchillo jamonero cayó al suelo. El sonido metálico de la hoja rebotando sobre la baldosa hizo que los dos hermanos detuvieran la pugna.

-¿Venías a cortarme el dedo? –preguntó Esteban.

Su hermano no respondió. El silencio lo hizo por él. Bajó la cabeza, como si estuviera arrepentido, pero tras un fugaz pensamiento que le recorrió la frente que se iba escondiendo entre los hombros, volvió a subirla de golpe.

-¡Sí! –gritó el hermano- claro que sí. Venía a cobrar la apuesta.

En ese instante, atraído por el ruido de la pelea, apareció en la habitación el abuelo de ambos contrincantes. Un hombre corpulento. De casi metro noventa y abundante pelo cano. Sus movimientos eran fluidos, pero su mente no tanto. Prácticamente nadie en la familia le hacía caso. Presentían que su cerebro había dejado de funcionar hacía tiempo, por lo que no se esforzaban en comprender el trance por el que pasaba el anciano al no saber qué hacia la mitad del tiempo.

-Una cosa, chavales –dijo el abuelo asomando la cabeza a la habitación- ¿sabéis por dónde cae la calle Perú?

Por un instante el forcejeo se detuvo, pero cuando los dos hermanos comprendieron que la pregunta de su abuelo carecía de toda lógica y que no era su familiar el que hablaba, sino su amigo el inseparable Alzheimer, la contienda continuó como si nada. Esteban controlaba la situación. Continuaba encima de su hermano pese a que éste se intentaba zafar de la presa que le había hecho sobre los brazos. Una lástima no haberle cortado ya el dedo, pensó el hermano retenido, así no podría cogerme con tanta fuerza.

De todas formas, si ya le hubiera cortado el dedo, siguió pensando, no tendría sentido que pelearan. La disputa habría finalizado ya que se habría cobrado la apuesta y todos serían un poco más felices y estarían bastante más tranquilos. Quizá Esteban estuviera jodido por tener nueve dedos en lugar de diez, pero seguro que se lo acabaría tomando bien, pensó. Que no hubiera apostado si pensaba que no podía desprenderse de su dedo. Una apuesta es una apuesta.

-Entonces ni idea de la calle Perú, ¿no? –volvió a insistir el abuelo.

El resoplido de resignación que emitió Esteban fue muy sonoro. Incluso el viejo presa de la irracionalidad de su enfermedad se percató del desplante de su nieto. Entonces Esteban pareció comprender la fealdad de su acto y trató de acercarse al abuelo, que se marchaba de la habitación. Su hermano aprovechó ese instante de debilidad en el que Esteban trató de dirigirse al anciano y lo soltó, para dar la vuelta a la lucha. Lo tiró al suelo y pasó a dominar la situación.

El estruendo que sonó al caer Esteban de espaldas al piso hizo que el enfermo mental de pelo blanco se girara asustado. No porque pasara algo grave o se hubiera podido dañar alguien, sino por el estado de las baldosas. Dijo algo referente al estado del gres, pero ninguno de sus nietos entendió sus palabras con sonido a Alzheimer.

Ahora era el hermano quién retenía a Esteban contra el suelo agarrándole por las muñecas. Le apretaba con fuerza contra el firme. Lo había inmovilizado. Y no dejaba de mirarle los dedos. Con la cara del que sabe que su objetivo es su finalidad en la vida. Que hoy sólo se ha despertado y ha sacado los pies de la cama para lograr una finalidad. Buscó con la vista el cuchillo jamonero y lo localizó a menos de un metro. Pensó en alargar la mano y hacerse con él, pero supo que si liberaba, aunque fuera ligeramente, a Esteban, se lograría deshacer de su presa, y la situación volvería a sufrir un vuelco. No se podía permitir semejante lujo.

-¡Abuelo! –gritó el hermano de Esteban.
-Tranquilo, que ya no me hace falta lo de la calle, -respondió el abuelo- ya han llamado los del trabajo y me han dicho que no hace falta que vaya.

Definitivamente era como hablarle a una pared o a un sordo. No valía la pena gastar esfuerzos en hacerle entrar en razón. Hacía tiempo que no gastaba de eso el abuelo. La fuerza que debía gastar en hablar con él la prefería concentrar en no dejar que Esteban se soltara. El forcejeo se hacía cada vez más difícil y las manos estaban a punto de ceder ante el empuje del rehén. Aunque cada vez lo era menos. Cada vez estaba más cerca de liberarse y pasar de nuevo a dominar la situación.

Cuando notó que Esteban casi podía oler la libertad de sus manos, y que él ya no era capaz de retenerle contra el suelo, y mucho menos de conseguir hacerse con el cuchillo jamonero y pasar a la acción con el dedo, se empezó a debilitar. En un movimiento de tórax Esteban dio otra vuelta al dominio de la disputa. Tiró hacia atrás a su hermano y se sintió hipermotivado para saltar a por el cuchillo y tomarse la justicia por su mano. Con su mano. Y en la mano de su hermano.

El pensamiento lo oyó muy sonoro, pero se esfumó a la misma velocidad que lo construyó. Se alegró de ello, pero a la vez notó una debilidad tan grande respecto a sí mismo, que se sintió tan vacío y expuesto a cualquier desgracia, que deseó que alguien le proporcionara una importante cantidad de dolor a modo de castigo. O de pena inevitable. De pena mínima para errores mínimos, pero que pasaban factura en el devenir de los días de frescura y futuro determinante para jóvenes. Esteban se sintió vacío y falto de razones. Incluso para conservar cualquiera de los dedos de una mano.

El hermano de Esteban no entendía nada y se retorcía de dolor al otro lado de la habitación. El impacto recibido por el último vuelco en la disputa había provocado un repentino dolor de cabeza. Casi instantáneo. Es lo que tienen los golpes, pensó, y se rascó la cabeza como si fuera un masaje de una tailandesa de trece años en cualquier paraíso de la pederastia. Se sintió contrariado. Inmóvil. Sabía que estaba a merced de Esteban, pero por un segundo creyó ser él quién dominaba la situación. Como si su hermano le cediera el testigo, pese a que supiera que llevaba las peores cartas de la partida.

La ventana a medio abrir encima de su cabeza dolorida entrañaba un potencial peligro si se levantaba de golpe. El impacto sería casi inevitable. Por el dolor posible, y por el que ya tenia, decidió quedarse quieto. Con la espalda pegada al papel pintado de la pared de la habitación de Esteban. Un estampado simétrico de los años setenta que ahora daba el pego como diseño retro, pero que era la simple dejadez de más de treinta años sufriendo el mismo horrendo diseño en las paredes. Pero todo vuelve, escribió alguien una vez, y los setenta siempre serán una época de la que beberá incansablemente la moda.

Una mueca de resignación apareció en el rostro de Esteban. Su hermano la cazó al vuelo y se le olvidó el dolor que ya tenía, y el potencial que se dibujaba en la ventana encima de su cabeza. Se levantó como un rayo para tirarse a por el cuchillo jamonero. Quería cobrar la apuesta fuera como fuera. Su orgullo de hermano pequeño estaba en juego. Pero la potencialidad se transformó en realidad y se golpeó con violencia contra la madera de la ventana a medio abrir. Cayó a plomo sobre el suelo. Esteban no alteró su rictus de amargura.

El grito de su hermano debió atravesarle el tímpano al abuelo, que estaba en su mundo enfermo al otro lado de la pared, pero ni se inmutó. Cuando el dolor en forma de berrido terminó, nada ocurrió. El tiempo, y el daño, parecieron detenerse, y segundos después el anciano dijo algo inteligible para sus nietos. Luego se escucharon unas risas. Esteban varió su rostro desde la angustia hasta la aceptación. Su hermano, con la cabeza dándole vueltas por el ventanazo, abrió un poco más los ojos y buscó con desesperación el cuchillo jamonero.

Hizo ademán de lanzarse como una cobra a por él, pero antes prefirió echar un vistazo a la línea vertical que nacía en el techo y atravesaba su cabeza, no fuera a darse de nuevo otro golpe en la testa. No es que estuviera en edad de estudiar, pero tampoco era cuestión de sufrir sin motivo. Al comprobar que esta vez se encontraba lejos del peligro potencial de más dolor, y de la ventana, se levantó como un cohete y tras lanzarse a por el cuchillo, se puso a un milímetro de Esteban.
Con el arma blanca en una mano, y la otra rebuscando en la anatomía de su hermano para hacerse con el cobro de la apuesta, logró agarrar el dedo meñique de la mano izquierda de Esteban. Era un apéndice muerto. Sin fuerza. Sin resistencia. Abandonado a su suerte y a la de Madame Guillotine en versión siglo XXI y cuchillo jamonero rebana-dedos. ¡Qué poca vida le quedaba a ese meñique!

Abrió los ojos con desmesura y trató de ver en Esteban algún esfuerzo por resistirse y conservar el dedo. Pero Esteban estaba derrotado y sólo le faltaba levantar el meñique como si pidiera un Donut, para poner aún más facilidades a la poda de dedos. Sin embargo a su hermano no le importó lo más mínimo no encontrar resistencia. Una apuesta es una apuesta, llevaba todo el día repitiendo, y ahora que estaba tan cerca de cortar el premio no se iba a echar para atrás. Tomó aire y deslizó la hoja del cuchillo jamonero a la altura de la segunda falange del meñique de la mano izquierda de Esteban. El dedo salió volando y en unos instantes que parecieron ser eternos entre que el dedo descendió planeando hasta el suelo y el grito desgarrador de Esteban, una apuesta había sido pagada por un buen apostador. Un hombre de palabra, pensó el hermano de Esteban, que mientras duraba el grito, se lanzó a abrazar a su hermano para consolar su berrido de dolor. Estaba orgulloso de él. Era un apostador que hacía frente a sus derrotas. Aunque ya no pudiera chocar esos cinco.

domingo, 22 de junio de 2008

Ni fàcil ni possible

Podria ser més fàcil però no ho és,

i no em penedeixo
perquè potser no tindria gràcia,

o no seria excitant encara que fos lícit.

Puc pensar que no ho hauria de fer
o inclús que seré un mentider acabat
i un frau sense ànima, però no importa.

És un dany inevitable
que s’ha de sofrir per voler el que vull,
per tenir en ment el que saps que tinc
i no ser capaç de treure-m’ho del cap capritxós
que mana per damunt de tot.

Perquè no sé si soc ment o cor,
o les dues realitats,
o cap fora del meu cap en format caprici.

Es un perill gustós,
l’ànima sense racionalitat que colpeja fort
una voluntat inexcusable,

i es que no hi ha excusa possible.

No sé si ho comprens
o no són més que paraules buides
condemnades al naufragi, igual que jo,

però continuaré deixant que la ment del mariner
que ha perdut el rumb dirigeixi.

Encara que no sigui possible.

martes, 17 de junio de 2008

La Resaca

Abrió la nevera y la botella de leche gritaba solitaria, pero sus oídos sordos por la resaca no alcanzaron a oír la llamada. El dolor en sus sienes era digno de la época adolescente, cuando lo que ahora llaman botellón era algo así como beber por beber. Sin más pretensiones que la borrachera. Idéntico que ahora, pero sin publicidad ni alarmismo social.

Desechó el líquido lácteo. Dudó entre volver a la cama o tirarse inerte sobre el sofá para dejar pasar lo que quedaba de domingo. Quizá miraría desde allí el final de la tarde a través de la ventana. Quizá podría cerrar los ojos de nuevo y volver al mundo de los sueños. Puede que ese fuera el camino para librarse del agobiante dolor de cabeza. Los fármacos eran incapaces de combatirlo a ese nivel.

A pesar de que no estaba para mucha actividad, su mente saltaba de una imagen a otra. Mezclaba lo sucedido anoche con lo que podría suceder dentro de un rato. No tenía claro qué era qué. Tampoco le importaba en exceso. Las punzadas en la sien acaparaban toda su atención. Como si un clavo le traspasara de punta a punta la testa. Nada era más importante que despedirse de ese malestar. Otra cosa era lograrlo.

La duda entre el sofá y la cama tenía un claro ganador. Para haber retomado el sueño interrumpido sobre el colchón debería haber tenido clara la opción, pero ese momento de titubeo dejó la posibilidad de que los cantos de sirena del sofá le hechizaran y lo atrapó como un imán. La proximidad cuando se carece de fuerza física siempre es un factor determinante.

Al tumbarse sobre la tela naranja del comodísimo sofá que le había costado una autentica fortuna, sus párpados duraron abiertos una milésima de segundo. El primer ronquido no tardó más de medio minuto. El mejor remedio contra la resaca. Ya estaba en proceso. Las punzadas cada vez eran más débiles. Pero el timbre de la puerta sonó como una punzada más con la intensidad de los peores momentos. Y recordó que había quedado para comer con su novia.

domingo, 4 de mayo de 2008

Quepo en tus ojos

Llego como el llanto inesperado a tus mejillas,
vuelo ante ti,

veo tus ojos ahogarse en lágrimas inútiles,
parece que flotan en el mar de agua saladísima
que es la indiferencia con la que me bendices,

me miras pero no me ves,

mi presencia no cabe en ellos porque sólo detectan
una ausencia pactada de antemano.

Sigo volando ante ti, ya no miras,
ahora quepo en tus ojos
y mis palabras como despojos se suceden
tras el vendaval roto que deshoja otro invierno.

Quepo porque no tengo nada que ofrecer
y tú no tienes porqué mirarme,

como aire dentro de una botella vacía,
soy una trasparencia imperceptible
para tus sentidos en decadencia de mí,

desciéndeme hasta el centro de la tierra
y que el magma venga a liberarme
de este baile eterno al que me obligo
en el purgatorio de tus ojos,

donde quepo porque no me quedo,
porque tal como entro salgo,

donde cumplo la condena mas dura
que cualquier reo pueda acarrear,
donde mi delito será infinito en mi mente
y mortal para mi corazón,

donde sé que nunca te dejaré de amar.

domingo, 27 de abril de 2008

Letra de Oro

Si un día mi letra se convirtiera en oro,

la sonrisa familiar en aplauso unánime,
el reconocimiento global me hiciera reverencias
y los ojos del mundo asintieran leyéndome,

ese día mi mano emergerá desde el infierno,

besará los diamantes de tus pupilas
y rezará como un beato prófugo
al dios en el que nunca creyó,

para que la mirada diáfana de otros poetas
haga eternos estos versos

en la dolorosa selva de frondosa maleza
donde tantos otros se perdieron fruto del olvido.

sábado, 26 de abril de 2008

El cadáver

Al detener el coche frente a la puerta metálica de entrada al terreno, no tuvo la sensación de hacer lo incorrecto en ningún momento. Con total naturalidad se bajó, abrió la verja, regresó al vehículo y lo introdujo en la finca. Se bajó de nuevo y cerró la puerta por dentro. En la oscuridad de aquella noche sin estrellas era difícil que nadie pudiera ver sus movimientos desde el exterior, pero toda precaución es poca en una situación como aquella donde llevaba el cadáver de su esposa tirado en el asiento trasero.

Abrió la puerta de atrás del coche y el pie izquierdo de Marina, su mujer, cayó como un peso muerto para darle un susto atroz. Las pulsaciones se le aceleraron. Ahora sí que empezaba a notar la tensión de la escena. De golpe se había metido en el papel de enterrador furtivo de fiambres. No por elección propia. Él no era un maltratador ni un exponente más de la creciente violencia de género. El cuerpo sin vida de su mujer había llegado hasta la parte de atrás de su todoterreno negro por accidente. Y él estaba convencido de ello.

La sacó como pudo, agarrándola de los pies y estirando, hasta que la ley de la gravedad impuso su lógica y la escasa fuerza del sepulturero novato no fue suficiente para hacerse con el cadáver. Se desplomó sobre el suelo de la entrada a la finca. El sonido se oyó hueco en la soledad de la noche silenciosa de aquella urbanización de clase media. El corazón se le aceleró aún más.

Pensó en cómo había llegado a ese punto. Estaba escondiendo el cuerpo sin vida de su mujer. Tenía el corazón a mil por hora. Estaba nervioso. Pero no se le pasó por la mente en ningún momento detener aquella locura y llamar a la policía. No le hubieran creído. Un marido contando una historia extraña con final en forma de esposa muerta siempre es difícil de creer para ellos. Y no estaba dispuesto a discutir con nadie ni a enfrascarse en una demostración de su inocencia. Demasiado complejo defender ese caso. Mejor enterrarla. Al fin y al cabo ya estaba muerta y no iba a volver.

Sus ojos, pequeños, igual que todas las facciones de su rostro, se empequeñecieron aún más al hacer el esfuerzo de arrastrar a la muerta hasta el jardín que daba a la parte de atrás. Era de locos lo que iba a hacer. Rezaba para que no le viera nadie. Entonces su defensa sí que sería imposible de llevar a cabo. Y buscó una pala que tenía en el garaje.

Nunca se había propuesto cavar un hoyo y no tenía ni la menor idea de cuánto se podría tardar. Al poco de ponerse con la pala supo que tardaría más de lo que había imaginado. No era una buena salida. Tardaría una eternidad en excavar algo lo suficientemente profundo para hacer que el cadáver se olvidara allí para siempre y nadie lo encontrara. Porque ese era el plan. Que nadie supiera nunca más qué había pasado con su esposa. Diría que se había fugado de la noche a la mañana.

La pena que sentiría como hombre abandonado camuflaría las sospechas que sobre su persona pudieran recaer. Denunciaría en comisaría la desaparición de su mujer. O más bien el abandono de hogar. Incluso se haría el ofendido. Nada saldría mal. Hasta lo consolarían y le darían la razón. El colectivo de cuerpos y fuerzas de seguridad del estado nunca se distinguió por su feminismo. Una mujer que dejara a un hombre tirado y con una casa que mantener seguro que no sería bien vista si el marido abandonado interponía denuncia.

Sin embargo, el problema seguía presente en lo negro de una noche que se transformaba en más negra segundo a segundo. Igual que sus pensamientos, que se ofuscaban y no veían más allá de la prisión, pese a saber que su condición de hombre abandonado era un plan perfecto para granjearse las simpatías de la policía. Primero debía deshacerse del cuerpo sin vida. O de lo contrarío las acusaciones de asesinato serían mucho más efectivas que su plan. Decidió rechazar la opción de enterrarla. Demasiado esfuerzo y posiblemente la escasa profundidad que lograría nos sería suficiente para conseguir que los gusanos se comieran los restos de su difunta esposa.

Ni siquiera recordaba ya que era inocente y que la despedida del mundo de los vivos de su mujer se debía tan sólo a un accidente. A buenas horas para reaccionar. Ya no había vuelta atrás y si no se libraba del cuerpo antes de que amaneciera, todo lo que había ideado referente al abandono no tendría ningún tipo de lógica. Tenía que decidir con rapidez. Y ponerse manos a la obra.

Recordó que junto a la pala había un hacha para cortar leña. Ahora se arrepentía de no haber hecho caso a Marina cuando le dijo que compraran una sierra mecánica. Sería perfecta para descuartizarla. Excesivo ruido para las horas de la noche que eran, pero completamente útil para reducir a pedacitos los sesenta quilos de esposa que yacían sobre el suelo de la entrada a la finca. Seguía sin ideas.

El hacha suponía más o menos el mismo esfuerzo que intentar enterrarla, pero con el añadido de que además de descuartizarla luego tendría que llevar los trozos a algún sitio para que unos perros salvajes se los comieran o quizá un camión de la basura los triturara. El hacha era peor invento que la pala. Más complicado aún. Pero la noche seguía su lento progresar y cada vez quedaba menos para el amanecer.

El garaje siempre había sido un hervidero de productos extraños que Marina había ido acumulando allí. Se le pasó por la cabeza la posibilidad de que su esposa dejara alguna garrafa de salfumán, quién sabe con qué intención, así que se puso a buscarla como un desesperado. Con unos cuantos litros de ese producto podría hacer desaparecer el cuerpo. Lo rociaría y dejaría que poco a poco se comiera la carne. Hasta que no quedara más que una masa entre líquida y sólida que nunca se sabría lo que era. Entonces le podría ser útil hasta la pala y cavar un pequeño hoyo donde dejar que la química hiciera su trabajo.

Buscó por todo el garaje. Lo puso patas arriba. Y el único bote que encontró fue uno de aguarrás caducado. Poco para reducir a la nada tanta masa corporal. Su decepción empezaba a ser patente. Quizá debería retomar la primera opción. La pala le sonreía en el sudor de la noche dentro del garaje. Los nervios y el frenético movimiento en busca de algo útil para hacer desaparecer el problema le humedecieron las axilas. La espalda estaba empapada. La camisa se le pegaba al cuerpo. Estaba pegajoso, pero ni se fijó en las señales mojadas de su ropa.

La vena del cuello se le hinchaba a cada latido del corazón. La sangre la recorría con furia y se dio cuenta de que estaba a punto de que le diera algo. Entonces reparó en la cantidad de líquido que le recorría el cuerpo y el olor de su ropa. Parecía que acabara de salir de la lavadora pero en lugar de suavizante hubiera echado mierda de perro. Suspiró con resignación. Salió del garaje. Agarró la pala con fuerza. Resopló. Tendría que hacer el esfuerzo que llevaba toda la noche intentando esquivar.

Tras un par de paletadas se detuvo. Ese no era el camino. Soltó con desgana la pala. Se palpó el bolsillo del pantalón y notó el móvil. Introdujo la mano y lo sacó. Sonrió levemente y suspiró de nuevo. Esta vez fue un suspiro de mala leche. No se resignaba. Se cagaba en la pala y en el hoyo que estaba haciendo. Y se cagaba en el cadáver que intentaba esconder. Y en las malas lenguas que imaginó que le acusarían de malos tratos si aparecía en comisaría explicando que se había encontrado a su esposa tirada en el suelo con una brecha en la cabeza que le recorría la frente de punta a punta. Se cagó en el miedo que tuvo al verla sobre el charco de sangre.

Si él no era un maltratador, ¿por qué pensó que le acusarían de malos tratos? Era inocente. Aunque ahora ya no. Ahora era un marido cavando la tumba de su esposa muerta. En la noche furtiva. A escondidas. Como si hubiera hecho algo indebido y tratara de solucionarlo. O por lo menos de esconder el problema. Ahora el problema era imposible de esconder. No podía cavar dos metros bajo tierra. Tampoco podía enterrar a su esposa inocente. Él no era un asesino. Ni un enterrador. Aunque lo que no era ya, a estas alturas, era inocente.

Los primeros rayos de luz de la mañana le saludaron desde el otro lado de la montaña. Continuaba con la ropa empapada, pero menos. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí parado. Con un pie metido en la diminuta tumba que había dejado a medio construir. El sudor de su cuerpo se había esfumado. Ahora estaba pegado a su piel. Pero la camisa continuaba mojada. Y su inocencia seguía en paradero desconocido. Sabía que ya no tenía nada que hacer.

Miró el cuerpo desangrado de su mujer. Estaba lleno de tierra. La sangre de la frente ya se había secado. Parecía una masa enorme de caramelo de fresa. Aunque no tuvo ganas de lamerlo. Tuvo ganas de llorar. Pero se contuvo. Todavía tenía el móvil en la mano. Lo miró y suspiró. De nuevo fue con aire de resignación. Infló sus pulmones y marcó el 091. Entonces sí que rompió a llorar.

lunes, 21 de abril de 2008

El encierro

Las aficiones que se inician desde niño no suelen perdurar cuando se entra en la edad adulta. Normalmente se ven como algo de la infancia y en ese campo se intenta dejar. Que no trascienda lo que se puede interpretar como una niñería una vez que se sobrepasa cierta edad. Pero en algunos casos sí que sobreviven. Y cuando esto ocurre suele ser con un apego extraordinario. Una fidelidad que sobrepasa los límites de la lógica. Y se produce una conexión de tal fuerza que esa afición ya acompañará a la persona adulta hasta el fin de sus días.

Por eso Juan cada año daba más importancia al día 7 de julio. Coincidiendo con el chupinazo y el encierro de San Fermín, iba a las vías del tren y hacía ver que la máquina que pasaba a las 8 de la mañana era un toro, y las vías eran la calle Estafeta. No fallaba a su cita anual. Todos los años desde que tenía 14 corría a las 8 de la mañana delante del tren que pasara.

A medida que se hacía mayor había encontrado la actividad cada vez más descafeinada. Año a año había introducido novedades para dificultar el recorrido. No podía ser una simple carrera, básicamente porque no era lo mismo correr con 14 años y asustado por el aire que generaba la velocidad de la máquina al pasar por su lado, que con 29, después de muchos encierros de experiencia corriendo delante del tren con un periódico en la mano y un pañuelo rojo en el cuello. Nada era lo mismo.

Una vez decidió que esperaría la llegada del morlaco, en este caso el tren, estirado en el suelo y cuando lo tuviera cerca se levantaría y empezaría a correr. Está claro que todo esto lo hizo al lado de la vía y no dentro de ella, porque si hubiera salido mal no lo habría contado. Por suerte para él sus precauciones estuvieron bien tomadas, ya que como bien había sospechado, no le dio tiempo a levantarse para correr y el Euromed le sobrepasó sin apenas darle tiempo a ganar la verticalidad.

Otro año decidió que tenía que cruzar la vía de un lado a otro tantas veces como fuera posible antes de que el toro le superara. Al segundo cruce se tropezó y cayó contra las piedras del suelo. Por suerte la caída se produjo al salir de la vía hacia afuera, porque si hubiera caído dentro de nuevo no lo habría contado. La cosa se empezaba a complicar. Ya no era una simple carrera inofensiva, ahora el peligro era cada vez superior y un fallo podría suponer el adiós al mundo de los vivos. La adrenalina a tope. Como en Pamplona. Claro que él ni era norteamericano ni se había pasado toda la noche bebiendo calimocho. No daba el perfil para entrar en contacto con un asta de toro.

Los últimos años había optado por otra opción. Colocaba una serie de piedras de tamaño mediano sobre la vía y cuando el tren las pisaba, salían disparadas contra él. Así tenía que estar pendiente de la carrera y a la vez de esquivar los objetos volantes identificados que se dirigían hacia su cabeza como si fueran meteoritos cayendo desde el espacio exterior. Así era todo más movido. Pero sin entrañar demasiado peligro. Como mucho algún moratón cuando la piedra impactaba contra su cuerpo.
Este encierro iba a celebrar el decimoquinto aniversario. Era una fecha señalada, por lo que decidió que había que endurecer aún más el recorrido. Además de todas las piedras colocadas en la vía, decidió descalzarse y correr con los pies al aire. Los calcetines prefirió dejarlos porque no era plan de hacerse polvo las plantas. Una cosa era poner dificultades para hacerlo más interesante, y otra estar una semana sin poder caminar por culpa de los heridas que se haría corriendo directamente con la piel sobre las piedras.

Estaba completamente relajado. Aquello se había convertido en un puro trámite que cada año pasaba. La tradición no se podía romper. Y era más que nada por mantener esa tradición que continuaba haciéndolo, porque la ilusión de aquel chaval de 14 años ya era historia. Pero aún así había algo dentro de su corazón que le impedía colgar el pañuelo rojo al llegar San Fermín. Por eso notaba que en su estómago le bailaba un adolescente en lugar de la barriga cervecera de un hombre.

Escuchó el ruido desde lejos. El corazón no se le aceleró. Al contrario, se tranquilizó aún más al pensar que por fin llegaba la hora del encierro. Allí se acercaba el peligroso asta en forma de tren. Las vías empezaron a temblar. Miró las piedras sobre ella y casi sin darle tiempo a reaccionar tuvo que empezar a correr porque la máquina se le había echado encima.

Al pisar la primera piedra con los pies descalzos pensó que no había sido buena decisión. Casi se dobló el tobillo, pero no podía detenerse ya que eran las 8 y si pasaba ese animal y no corría por Estafeta, el siguiente morlaco no pasaría hasta las 8:25, un TALGO, por lo que apretó los dientes y sin bajar la vista para asegurarse que su tobillo estaba en condiciones de correr, salió disparado.

El toro venía con mucha fuerza. Emitió un largo pitido que él identificó como el aviso de que los cuernos le iban a pasar rozando y notó como una piedra que acababa en punta se le clavaba en el dedo gordo del pie derecho. Ahora sí que bajó la cabeza para verse el pie dolorido. El morlaco ya enfilaba la entrada a la plaza. Levantó la cabeza y continuó su cada vez más lenta carrera. La máquina estaba a su altura.

Al tocar las ruedas del tren la primera de las piedras que Juan había colocado sobre la vía, salió como un torpedo y se perdió a lo lejos. Él todavía corría por delante, por lo que ni le pasó cerca. La siguiente piedra quizá ya le pasase menos lejana. No dejaba de apretar los dientes y cerrar los ojos para no despistarse por el dolor de sus pies. Escuchó otra piedra más salir volando. No miró para atrás. Pero tampoco hacia delante. Ni hacia el suelo.

Pisó entre dos pequeñas rocas que habían dejado un hueco entre ellas y su tobillo de nuevo se dobló. El siguiente paso ya fue trastabillado. La carrera empezó a ir a trompicones y perdió la posición erguida de cualquier velocista. De hecho su carrera en esos momentos era cualquier cosa menos veloz. El toro le estaba dando alcance. Pero lo que primero alcanzó fue la siguiente piedra de la vía. Y salió con una fuerza endiablada. Justo a la altura de Juan, que por culpa de la torcedura estaba cayendo al suelo.

En el momento que perdió definitivamente el equilibrio y su cabeza se dirigía inexorablemente al suelo, la piedra de la vía le alcanzó con una fuerza descomunal en la sien. Como si un cuerno se clavara en su testa, la piedra se incrustó en su cráneo. Juan besó el suelo en su último movimiento antes de acabar inmóvil entre las piedras de la vía.