Las aficiones que se inician desde niño no suelen perdurar cuando se entra en la edad adulta. Normalmente se ven como algo de la infancia y en ese campo se intenta dejar. Que no trascienda lo que se puede interpretar como una niñería una vez que se sobrepasa cierta edad. Pero en algunos casos sí que sobreviven. Y cuando esto ocurre suele ser con un apego extraordinario. Una fidelidad que sobrepasa los límites de la lógica. Y se produce una conexión de tal fuerza que esa afición ya acompañará a la persona adulta hasta el fin de sus días.
Por eso Juan cada año daba más importancia al día 7 de julio. Coincidiendo con el chupinazo y el encierro de San Fermín, iba a las vías del tren y hacía ver que la máquina que pasaba a las 8 de la mañana era un toro, y las vías eran la calle Estafeta. No fallaba a su cita anual. Todos los años desde que tenía 14 corría a las 8 de la mañana delante del tren que pasara.
A medida que se hacía mayor había encontrado la actividad cada vez más descafeinada. Año a año había introducido novedades para dificultar el recorrido. No podía ser una simple carrera, básicamente porque no era lo mismo correr con 14 años y asustado por el aire que generaba la velocidad de la máquina al pasar por su lado, que con 29, después de muchos encierros de experiencia corriendo delante del tren con un periódico en la mano y un pañuelo rojo en el cuello. Nada era lo mismo.
Una vez decidió que esperaría la llegada del morlaco, en este caso el tren, estirado en el suelo y cuando lo tuviera cerca se levantaría y empezaría a correr. Está claro que todo esto lo hizo al lado de la vía y no dentro de ella, porque si hubiera salido mal no lo habría contado. Por suerte para él sus precauciones estuvieron bien tomadas, ya que como bien había sospechado, no le dio tiempo a levantarse para correr y el Euromed le sobrepasó sin apenas darle tiempo a ganar la verticalidad.
Otro año decidió que tenía que cruzar la vía de un lado a otro tantas veces como fuera posible antes de que el toro le superara. Al segundo cruce se tropezó y cayó contra las piedras del suelo. Por suerte la caída se produjo al salir de la vía hacia afuera, porque si hubiera caído dentro de nuevo no lo habría contado. La cosa se empezaba a complicar. Ya no era una simple carrera inofensiva, ahora el peligro era cada vez superior y un fallo podría suponer el adiós al mundo de los vivos. La adrenalina a tope. Como en Pamplona. Claro que él ni era norteamericano ni se había pasado toda la noche bebiendo calimocho. No daba el perfil para entrar en contacto con un asta de toro.
Los últimos años había optado por otra opción. Colocaba una serie de piedras de tamaño mediano sobre la vía y cuando el tren las pisaba, salían disparadas contra él. Así tenía que estar pendiente de la carrera y a la vez de esquivar los objetos volantes identificados que se dirigían hacia su cabeza como si fueran meteoritos cayendo desde el espacio exterior. Así era todo más movido. Pero sin entrañar demasiado peligro. Como mucho algún moratón cuando la piedra impactaba contra su cuerpo.
Este encierro iba a celebrar el decimoquinto aniversario. Era una fecha señalada, por lo que decidió que había que endurecer aún más el recorrido. Además de todas las piedras colocadas en la vía, decidió descalzarse y correr con los pies al aire. Los calcetines prefirió dejarlos porque no era plan de hacerse polvo las plantas. Una cosa era poner dificultades para hacerlo más interesante, y otra estar una semana sin poder caminar por culpa de los heridas que se haría corriendo directamente con la piel sobre las piedras.
Estaba completamente relajado. Aquello se había convertido en un puro trámite que cada año pasaba. La tradición no se podía romper. Y era más que nada por mantener esa tradición que continuaba haciéndolo, porque la ilusión de aquel chaval de 14 años ya era historia. Pero aún así había algo dentro de su corazón que le impedía colgar el pañuelo rojo al llegar San Fermín. Por eso notaba que en su estómago le bailaba un adolescente en lugar de la barriga cervecera de un hombre.
Escuchó el ruido desde lejos. El corazón no se le aceleró. Al contrario, se tranquilizó aún más al pensar que por fin llegaba la hora del encierro. Allí se acercaba el peligroso asta en forma de tren. Las vías empezaron a temblar. Miró las piedras sobre ella y casi sin darle tiempo a reaccionar tuvo que empezar a correr porque la máquina se le había echado encima.
Al pisar la primera piedra con los pies descalzos pensó que no había sido buena decisión. Casi se dobló el tobillo, pero no podía detenerse ya que eran las 8 y si pasaba ese animal y no corría por Estafeta, el siguiente morlaco no pasaría hasta las 8:25, un TALGO, por lo que apretó los dientes y sin bajar la vista para asegurarse que su tobillo estaba en condiciones de correr, salió disparado.
El toro venía con mucha fuerza. Emitió un largo pitido que él identificó como el aviso de que los cuernos le iban a pasar rozando y notó como una piedra que acababa en punta se le clavaba en el dedo gordo del pie derecho. Ahora sí que bajó la cabeza para verse el pie dolorido. El morlaco ya enfilaba la entrada a la plaza. Levantó la cabeza y continuó su cada vez más lenta carrera. La máquina estaba a su altura.
Al tocar las ruedas del tren la primera de las piedras que Juan había colocado sobre la vía, salió como un torpedo y se perdió a lo lejos. Él todavía corría por delante, por lo que ni le pasó cerca. La siguiente piedra quizá ya le pasase menos lejana. No dejaba de apretar los dientes y cerrar los ojos para no despistarse por el dolor de sus pies. Escuchó otra piedra más salir volando. No miró para atrás. Pero tampoco hacia delante. Ni hacia el suelo.
Pisó entre dos pequeñas rocas que habían dejado un hueco entre ellas y su tobillo de nuevo se dobló. El siguiente paso ya fue trastabillado. La carrera empezó a ir a trompicones y perdió la posición erguida de cualquier velocista. De hecho su carrera en esos momentos era cualquier cosa menos veloz. El toro le estaba dando alcance. Pero lo que primero alcanzó fue la siguiente piedra de la vía. Y salió con una fuerza endiablada. Justo a la altura de Juan, que por culpa de la torcedura estaba cayendo al suelo.
En el momento que perdió definitivamente el equilibrio y su cabeza se dirigía inexorablemente al suelo, la piedra de la vía le alcanzó con una fuerza descomunal en la sien. Como si un cuerno se clavara en su testa, la piedra se incrustó en su cráneo. Juan besó el suelo en su último movimiento antes de acabar inmóvil entre las piedras de la vía.
1 comentario:
Me gusta.... me pasare a visitarte a menudo ;P
Un abrazo!
David
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